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Provando una nueva plantilla para rol

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Provando una nueva plantilla para rol

Mensaje por Krys Redfield el Lun Oct 21, 2013 2:14 pm

De la mano de Alice Cullen
La sesión de modas que Alice había planeado para todos nosotros terminó, gracias a Dios, antes de lo que esperaba. Jasper bajó, unos cuantos minutos después, hablando animadamente con su pequeña novia. Era alrededor de la una de la tarde cuando Edward y yo salimos caminando de su gran vivienda, con Alice y Jasper pisándonos los talones.

—¿Cuál es el plan? —preguntó, alegremente, la más pequeña del grupo.

—¿Dormir? —probé yo.

Jasper me dirigió una sonrisa, mientras Alice me sacaba la lengua.

—¿No te agotas nunca? —pregunté, en un gemido.

—Para nada —aseguró, con una enorme sonrisa plasmada en su pequeño rostro.

—Yo tengo hambre —comentó Jasper, como quien no quiere la cosa—. La verdad es que no he probado bocado desde muy temprano en la mañana.

Supuse que todo era obra del pequeño demonio, quien ahora sonreía a su novio de forma angelical.

—¿Por qué no vienen a casa? —propuse, mientras llegábamos al Volvo de Edward—. Puedo hacer algo para comer…

Finalmente, la pequeña Cullen aceptó, con entusiasmo, y arrastró a Jasper dentro del asiento trasero del automóvil. Edward y yo ocupamos nuestros respectivos lugares y el vehículo comenzó su camino, después de arrancar con un suave rugido. Pronto llegamos a casa y los cuatro descendimos del automóvil de Edward. Bajo el perlado cielo, que amenazaba con otra tormenta como la del día anterior, anduvimos hasta la puerta. Como usualmente pasaba, mi compañero encontró primero las llaves y abrió, permitiéndonos a todos el ingreso a la cálida casa.

Mientras Edward se dirigía a la sala con Alice y Jasper, yo me dirigí hacia la cocina, de forma presurosa. Tomé el pequeño anotador que reposaba cerca del teléfono y comencé a tomar nota de aquellas cosas que necesitaría comprar para preparar un buen almuerzo. Rápidamente, acabé y subí las escaleras apresuradamente —trastabillando en el proceso, por supuesto—, para tomar un abrigo. Después me dirigí a la sala, donde Alice conversaba animadamente.

—Voy a comprar algunas cosas —avisé—. Enseguida vuelvo.

Edward se puso rápidamente de pie, ante la atenta mirada de nuestros acompañantes.

—Voy contigo —se ofreció, con aquél tono que no daba derecho a réplica.

Le sonreí mientras ambos salíamos de la sala. Él tomó una campera, su celular y las llaves, y me siguió fuera de la casa.

Volvimos a meternos en el automóvil y Edward retomó su lugar al volante por la carretera, cubierta de aquél color oscuro generado por las pesadas nubes sobre nosotros. No tardamos demasiado en llegar a un pequeño almacén, ubicado a una distancia no demasiado grande de casa. Compramos rápidamente todo lo que necesitamos, metiéndolo en un pequeño canasto de plástico. Después, me acerqué a la caja para pagar, cuando el teléfono celular de Edward sonó.

Lo vi observar la pequeña pantalla del móvil y alejarse unos cuantos pasos antes de atender.

Encogiéndome de hombros, comencé a quitar las cosas fuera del canasto, mientras el cajero comenzaba a meterlas dentro de una bolsa. Cuando estaba pagando, Edward se acercó con el rostro impasible.

—¿Quién era? —pregunté, como quien no quiere la cosa.

—Carlisle —respondió secamente—. Más tarde tengo que hacerle una visita por el hospital.

—¿Crees que podré acompañarte? —pregunté, mientras tomaba las bolsas con la compra y sonreía al cajero, a forma de agradecimiento.

—Lo dudo —replicó Edward, quitándome con delicadeza las bolsas de las manos—, pero quizás mañana puedas hacerles una visita.

—¿Por qué no hoy? —pregunté, confundida, mientras salíamos del local.

—Hay algunas complicaciones… en el hospital —comentó, abriendo la cajuela del auto y guardando las cosas que habíamos comprado—. Creo que será más conveniente que vayas mañana.

Asentí quedamente, mientras ingresaba en el auto.

Llegamos pronto a la casa y, luego de correr bajo la llovizna que había comenzado a caer, empecé a preparar el almuerzo, mientras Edward ponía los platos. Alice entró al ambiente, sonriendo con suficiencia, mientras paseaba su mirada entre nosotros. La fulminé con la mirada, a lo que ella sólo respondió con una cantarina risa.

—¿Creen que puedan agregar dos platos más? —inquirió de forma alegre—. La parejita feliz viene en camino.

Asentí, mientras ella murmuraba algo acerca de la otra.

Finalmente, Rosalie y Emmett llegaron, justo cuando Edward me estaba ayudando a servir la comida. Mientras disfrutábamos del tardío almuerzo, el futuro matrimonio comenzó a contarnos algunas de las cosas que habían estado viendo aquella mañana. Ambos parecían muy emocionados con la idea; pero, sin dudas, nadie podía superar el entusiasmo que demostraba Alice cada vez que se hablaba del tema de la boda. Temí por Jasper. ¡No me imaginaba lo que sucedería cuando fuera ella fuera a casarse!

Entonces… recordé algo. Alice me debía una charla sobre aquél asunto.

Tomé una nota mental de aquello.

Después de un rato entre charlas y bromas, todos acabamos de comer.

—¡Estoy completamente satisfecho! —exclamó Emmett—. ¡Díos mío, Bella! Creo que voy a considerar seriamente la posibilidad de secuestrarte y llevarte a cocinar a casa —aseguró, frotándose el estómago y haciéndome reír—. ¡Edward, hermano, te has sacado la lotería!

—Oh, sí que lo ha hecho —secundó Alice.

Se ganó, no sólo mi mirada fulminante, sino también la de su hermano.

Emmett y Rosalie no pudieron quedarse mucho más, ya que debían seguir con su tour de compras y reservas para la boda. Jasper y Edward decidieron ir a alquilar unas películas y traer algunas otras cosas para comer y pasar la tarde en casa. Entonces, cuando la puerta se cerró mientras ellos se dirigían al auto, temí por mis huesos. Alice y yo, encerradas en la misma casa. Me giré y vi su sonrisa pícara desde la puerta de la cocina. Mi cara de horror debía ser digna de fotografiar. Incluso, me parecía escuchar la música tétrica de las películas de terror.

—Bella, creo que tú y yo tenemos una conversación pendiente —pronunció Alice lentamente.

Oh, oh. Las palabras mágicas.

Suspiré, con una mezcla de miedo y resignación, y le hice un seña para que me siguiera por las escaleras. Quizás hasta tenía suerte y mi torpeza, ayudándome un poco, me hacía trastabillar y quedar inconciente por unas cuantas horas. Sin embargo, llegué al fin de las escaleras intacta. Empujé la puerta de mi cuarto de mala gana y, después de ingresar, me dejé caer sobre la cama. Crucé los brazos sobre mi pecho y miré a Alice con los ojos entrecerrados.

—¿Qué es, exactamente, lo que quieres saber? —pregunté, intentando sonar amenazadora.

Ella rió, haciendo que mi pregunta, en vez de perversa, sonara patética.

—Dime que hay, exactamente, entre tú y Edward —respondió, sentándose en el piso, frente a mí.

La miré desde arriba y en un momento me creí más poderosa.

Lo sabía, estaba siendo patética.

—No lo sé —admití, derrotada—. Supongo que nada…

Alzó una de sus cejas mientras me observaba.

—¿Nada? —preguntó, de forma perspicaz—. Define nada.

Me encogí de hombros.

—No pasó de abrazos o algún que otro… beso… inocente —aclaré, agregando lo último rápidamente.

Por el rostro de la pequeña Cullen se extendió una gran sonrisa.

Lo próximo que supe fue que Alice estaba abrazándome fuertemente.

—¡Bella, no sabes lo feliz que me pone que me digas eso! —exclamó, alzando la cabeza para mirarme. Sus ojos demostraban que, realmente, lo sentía—. No sabes lo que esperé por que algo así pasara…

—¿A qué te refieres? —inquirí.

—Edward se esta abriendo de nuevo —aseguró, con una nostálgica sonrisa—. ¡En varios años, nunca lo había visto reírse tan seguido!

Avergonzada, sonreí tímidamente.

—Me alegro que sea así —comenté, intentando detener el tema de la conversación.

Recordé lo que me había planteado en la comida, y creí que era un buen punto para cambiar el rumbo de nuestra charla.

—Alice, ¿puedo hacerte una pregunta? —inquirí suavemente.

—Bella, ya sabes que no puedo responderte cosas de Edward. Son co…

—No, no —corté rápidamente—. No es sobre Edward —aclaré—. Por lo menos, no directamente…

Frunciendo el ceño, Alice me miró confundida.

—¿Cómo fue… tu historia con Jasper? —pregunté, intentando buscar las palabras adecuadas—. Quiero decir, ¿cómo acabaron juntos y enamorados, y por qué todo el asunto del compromiso?

Alice me miró con una ceja alzada, con clara diversión ante la poca fluidez de mis palabras.

Luego de una suave risita, se acomodó en la cama, contra unos almohadones. Yo me apoyé contra la pared, sentada a su lado. Entonces vi que su rostro se tornaba serio, mientras observaba el exterior por la ventana de mi cuarto, con la mirada algo perdida.

—Como tú bien sabes, nosotros estamos comprometidos desde que somos pequeños —explicó suavemente.

Yo asentí.

—¿Por qué? —inquirí, de forma suave.

—Nuestras familias poseen una fortuna… considerable —explicó Alice lentamente—, y el padre de Rose y Jasper deseaba que sus hijos se casaran con alguien que supiera preservar esa fortuna —agregó.

Yo sólo fui capaz de mirarla con confusión.

—¿Por qué quería eso? —inquirí—. Quiero decir…

Asintió, dándome a entender que había comprendido mi interrogante.

—Mark Hale tenía una enfermedad terminal —explicó de forma sombría, bajando un poco la cabeza—. Sabía que no le quedaba demasiado tiempo de vida; por lo que quería que sus hijos preservaran su fortuna para el futuro, para asegurarles una buena vida a pesar de que él no estuviera…

Asentí quedamente, considerando aquello un buen motivo.

—Mark sabía que ya estaba en… sus últimos días —explicó, de forma vacilante—, por lo que, como última voluntad, pidió una cita con mi padre, un buen amigo de él, y arregló nuestros compromisos —contó—. Emmett con Rose, Jasper conmigo y Edward…

—Con Tanya —finalicé yo, ante su repentino silencio.

Los ojos de mi acompañante se abrieron de par en par.

—¿Cómo… cómo… sabes tú sobre… Tanya? —preguntó quedamente.

—Digamos que Edward ha tenido que contarme —respondí, encogiéndome de hombros, casi de forma inconciente.

Parecía realmente sorprendida por aquél hecho.

—Claro que todos nosotros éramos sólo amigos, éramos muy pequeños —siguió explicando Alice, retomando el tema anterior y evadiendo el de Tanya—. Nos sentíamos casi como hermanos.

—¿Entonces…? —inquirí.

Realmente debía ser algo difícil enamorarte de una persona a la que considerabas tu hermano, ¿no?

—Nos queríamos mucho, Bella —comentó, despreocupadamente—. Tarde o temprano, yo sabía que terminaría enamorada de Jasper.

La miré desconcertada.

—Es como si ya supiera que acabaría con él, como una especie de presentimiento o algo así —comentó velozmente, con un inconciente encogimiento de hombros—. Con él era diferente que con los demás —dijo con una mirada que dejaba en claro sus sentimientos por Jasper.

—Se nota que lo quieres mucho —comenté con una mirada dulce.

Ella asintió sonriente, con los ojitos brillándole detrás de las espesas pestañas.

Nos quedamos en silencio por unos cuantos segundos, cada una perdida en sus propios pensamientos, hasta que escuchamos ruidos en el piso inferior. La pequeña Alice se puso rápidamente de pie, quitándose las arrugas de la ropa con las manos y asegurándome que continuaríamos en algún momento con nuestra charla, sobre todo porque quería más detalles sobre mi relación con Edward. Después me ayudó a levantarme y ambas bajamos. Casi cuando estábamos en medio de las escaleras, mi acompañante se puso a hablar sobre algo de lo que no tenía ni idea. Yo sólo le seguí la corriente, suponiendo que sólo quería fingir frente a los recién llegados.

El fin de semana pasó más rápido de lo que todos esperábamos. El domingo fui al hospital, pero no pude ver a mis padres. Carlisle me dijo algo de unos estudios y, aunque intenté insistir, Edward me aseguró que sería mejor que nos fuéramos y volviéramos en la semana. Me sorprendió un poco aquella actitud misteriosa y rezagada que tomaba cuando íbamos al hospital o cuando se mencionaba el tema. Saliendo del edificio, sintiéndome algo confundida y triste, le tomé la palabra de que pasaríamos de vuelta por allí.

El lunes las clases se desarrollaron con la misma normalidad de siempre. Al final de la tercera hora, Alice se acercó a Lauren para avisarle que esa tarde nos juntaríamos a realizar nuestro trabajo sobre Romeo y Julieta. El lugar de reunión acordado fue la casa de los Cullen y, según las palabras de la pequeña de la familia, Lauren parecía bastante sorprendida. Luego me enteré de que, generalmente, su hogar no era más que sede de alguna que otra fiesta, y nadie conocía más que la entrada y el salón principal. Antes de irnos, tuve que avisarle a Angela que esa tarde no podría ir a trabajar. Asegurándome que no me preocupara, con su conciliadora sonrisa, me saludó alegremente mientras buscaba a los demás.

Salimos todos de la cafetería y nos despedimos de los Hale. Alice alegó, de mala gana, que ella viajaría con Emmett y Lauren en su automóvil, mientras Edward y yo nos dirigíamos al Volvo. Nuestra rubia acompañante parecía bastante confundida y molesta con el hecho de que nosotros fuéramos en otro vehículo, hecho que sólo pudo hacerme sonreír con suficiencia. Me acomodé en el lugar del acompañante y Edward arrancó, comenzando a conducir detrás del llamativo automóvil de su hermana. Pronto, como siempre que los hermanos conducían, llegamos a la magnánima casa en la que residía la familia Cullen. Lauren se bajó de Porsche, estudiando todo cuidadosamente. Después de todo, supuse que las pocas veces que había estado allí debían haber sido de noche.

Aquél detalle me hizo sentir, estúpidamente, con ventaja en algo que ni siquiera sabía de que se trataba.

O, quizás, sí.

Emmett se despidió de nosotros apenas entramos a la casa. Alice nos guió a todos por las escaleras. Lauren, que iba en medio, iba observando cada detalle con la boca abierta. Giraba la cabeza rápidamente en todas las direcciones, como si no quisiera perderse ninguna cosa que pudiera encontrarse en el ambiente. Tenía ganas de reírme, pero reprimí mis impulsos mientras ingresábamos en lo que parecía ser un estudio. Había una amplia mesa ubicada en el centro de la habitación, con unas cuantas sillas de reluciente roble alrededor. Los amplios ventanales contra las paredes permitían la filtración de la luz del día, que inundaba cada rincón. Sobre una de las paredes perpendiculares, reposaba un escritorio con un ordenador moderno, un equipo de música no demasiado ostentoso, una enorme biblioteca y algunos sofás pequeños.

Alice acomodó rápidamente unos libros sobre la mesa, mientras Edward y yo nos acomodábamos en las sillas pegadas a la ventana. Lauren se sentó enfrente de Edward, mientras Alice se acomodaba enfrente de mí.

—Bueno… empecemos —sentenció Alice, mientras abría su tomo de Romeo y Julieta.

Durante la siguiente hora, los cuatro nos sumergimos en un profundo análisis de aquél drama de William Shakespeare. Estábamos discutiendo un punto de amor cortés, en el que Lauren y yo habíamos generado una fuerte oposición de opiniones; y, a decir verdad, no es que yo fuera terca pero… ¡Por Dios! ¿Quién, en su sano juicio, podía negar que el amor que Romeo profesaba por Julieta era una clara muestra de amor cortés?

—Lauren —mascullé entre dientes—, está demasiado claro.

Se encogió de hombros de forma despreocupada, dirigiéndome una mirada que catalogué como desafiante.

—Yo no lo creo.

Creo que Edward se dio cuenta, de alguna forma, que por mi cabeza pasaba la idea de matar lenta y dolorosamente a mi acompañante, porque se puso de pie.

—Lauren —llamó, con su suave voz de terciopelo—, ¿me acompañarías a buscar algo para beber?

La aludida prácticamente saltó de su asiento ante el pedido de Edward y comenzó a caminar detrás de él, mientras salían del estudio. Yo dirigí una mirada asesina a la puerta, mientras me deslizaba por mi silla con un sonoro suspiro. Alice soltó una risita cantarina mientras me miraba.

—Yo que tú —apuntó de forma casual, aunque con una mal disimulada sonrisa pícara en su rostro—, correría escaleras abajo, antes de que Lauren se tire sobre tu chico.

Casi como si un resorte me impulsara, me puse de pie. Algo avergonzada por mi desesperada actitud, comencé a andar hacia la salida. Bajando las escaleras de forma torpe, conseguí llegar al piso inferior sin matarme. Llegué hasta la cocina y no me sorprendió el hecho de que Lauren estuviera apoyada sobre la encimera, analizando de cerca a Edward.

—Lauren —mascullé, de mala manera. Los dos ocupantes de la cocina se volvieron para mirarme—, Alice te llama. Quiere decirte algo —comenté con tono ácido.

La aludida me dirigió una mirada asesina, antes de salir por la puerta de la cocina.

Me acerqué a Edward y comencé a poner los vasos con gaseosa, que evidentemente él había servido, sobre una bandeja, no sin algo de brusquedad en mis movimientos. Supuse que mis modales y mis monólogos soltados entre dientes, en voz levemente audible, incitaron a Edward a soltar una risa musical a mi lado.

—¿Qué pasa, Bella? —inquirió suavemente, de pie a mi lado.

Acomodé un paquete de galletas sobre la bandeja, mientras, sin mirarlo, respondía de mala gana.

—Llegué dos segundos antes de que intentara tirarse encima de ti —mascullé.

Volvió a reírse y yo seguí con los ojos fijos en mi labor, ofendida. Entonces, sentí cosquillas en mi oído derecho.

—Tranquila —susurró, haciendo que su cálido aliento chocara contra mi piel—. En este momento, prefiero las morenas.

Me dio un suave y lento beso en el cuello y sentí que mis rodillas fallaban.

Edward se fue caminando de la cocina, cargando la bandeja entre sus manos, y la más tangible y tonta de las realidades me golpeó, más fuerte de lo que esperaba, aún con la sensación de los cálidos labios de Edward contra mi cuello. Quizás ya era conciente de ello, pero, en aquél momento, la verdad llegó a mí de forma clara y concisa, sin darme ninguna posibilidad de duda..
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